Hen panta (en gr. «todas las cosas son una»). La unidad detrás de la multiplicidad

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El ser humano siempre presintió la presencia de un plano invisible que sustenta el plano visible, la preexistencia de un orden no humano de la naturaleza, de una inteligencia mayor.

Los griegos lo expresaban como el orden divino del mundo, otros lo han llamado: Cosmos, Dios, lo Absoluto, lo Incondicionado… una inteligencia ordenadora que relaciona todo lo existente: la unidad detrás de la multiplicidad.

Esta profunda intuición de los filósofos presocráticos que se encuentra también en las tradiciones sapienciales, fue percibida y expresada veintiséis siglos más tarde por uno de los pensadores más revolucionarios de la segunda mitad del siglo XX: el físico quántico David Bohm, colega de Albert Einstein en Princeton.

Él plantea la existencia de un orden visible, sensible, un orden explicado, manifiesto, el de los fenómenos susceptibles de verificación experimental por alguna disciplina científica. Se trata de un orden contingente de la realidad, de una realidad dada, y limitada por la dimensión temporal sometido a las leyes de causa y efecto, que no puede explicarse a sí mismo.

El orden explicado, que es el orden del continuo devenir donde se han dado la materia física, la vida y el psiquismo, carece en sí mismo de una razón suficiente de ser.

Bohm propone como fundamento ontológico del orden fenomenológico explicado, el orden implicado, una totalidad primaria, indivisible y atemporal que unifica, ordena y causa el orden explicado.

No existen dos órdenes de realidad sino una única totalidad implicado-explicada.

La característica fundamental del pensamiento de Bohm es la unidad que existe en la multiplicidad.

A este modo que organiza todas las cosas, que está más allá de los cambios del devenir, que subyace a la manifestación, las distintas filosofías lo expresan de diferentes maneras: Pitágoras lo llama “la armonía de las esferas”, lo hindúes lo llaman “Brahma”, en china es el “Tao”, en la antigua tradición india “rita”, los egipcios lo llamaron “Maat”.

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