Entrevista a Darío Szajnszrajber sobre el amor y la pareja.

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Hoy en día el amor está sobrevaluado, del mismo modo que están sobrevaluadas la felicidad y la belleza. Hay una forma instituida de pensar el amor como si fuera una ganancia, algo que me suma, algo que me hace crecer, que me llena. Mucho “me”. El otro, entonces, se vuelve un objeto del que me nutro para expandirme, para realizarme.

Pero en el mismo acto en el que sumo al otro, en el que lo incorporo –lo hago mi cuerpo-, lo pierdo.

Así define Platón el amor como Eros: busco una pareja para que me complete, pero esa búsqueda ya está condicionada por mi falencia, por mi necesidad.

¿No pierdo entonces la otredad que el otro me trae?

En general primero elaboramos un modelo ideal de pareja que salimos a buscar, pero ese modelo ideal responde a mis necesidades, por ello cuando el otro aparece no lo recibimos, sino que lo hacemos encajar en ese modelo previo del que partimos. Todo termina siendo una relación de amor consigo mismo.

-¿El amor, termina en un contrato?

El amor como ganancia supone la lógica del cálculo y por ello su institucionalización en acuerdos.

-¿Pero, qué tiene que ver el amor con los acuerdos?

Si hay acuerdo hay una  prioridad del yo, pero ¿no es el amor un acto de entrega hacia el otro? Y entonces, ¿no son los acuerdos más bien figuras de la conveniencia?

Hay otra forma de pensar el amor que tiene que ver con la prioridad del otro. No con la idealización del otro, sino con el otro en su otredad, que en general, se nos vuelve imposible, por no decir insoportable.

Es que la diferencia del otro me sobrepasa y por eso solo puedo acceder al otro o bien traduciéndolo a mis categorías o bien negándolo.

Pero en ambos casos, lo pierdo. El vínculo real con el otro es siempre un imposible.

Es imposible desarrollar esta conciencia, en tiempos de invocaciones facilístas a la armonía general, o a la disolución de los conflictos.

Por eso el auténtico amor es un acto de entrega, de desapego, donde el otro ya no es una propiedad que poseo para expandirme o ser feliz, sino alguien que en su diferencia me saca de mi mismo y me libera.

El amor es siempre desmedido. En el amor no se gana. Se pierde.

No creo –dice este filósofo- que el amor tenga que ver con esa felicidad que se nos presenta en las publicidades.

Al revés, el amor nos conecta con nuestras zonas más existenciales donde nos cuestionamos y nos sensibilizamos, por no decir angustiamos, frente a la conciencia de lo contingente de lo que nos rodea.

La gente va detrás de demasiadas verdades absolutas y recetas para lograr todo ya. El vínculo con  el otro implica aceptar su diferencia y complejidad.

No hay identidad que no se afirme frente a una diferencia. El tema es como se despliega esa conexión, ya que la diferencia -el que no es como yo- a veces se me presenta e irrumpe, pero muchas veces no deja de ser una creación mía con todo el propósito de cultivar mi propia autoafirmación.

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