Encuentro con el pensador italiano Giorgio Agamben

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La verdad reside en la lengua, y un filósofo que no tuviese en claro esa residencia, sería un mal filósofo.

-¿Qué es la filosofía?

-Tengo la convicción, dice Agamben, de que la filosofía no es una disciplina cuyo objeto y cuyos límites sean posibles definir (como intentó hacerlo Deleuze) o como sucede en las universidades, pretender trazar la historia lineal y quizás progresiva.

La filosofía no es una sustancia sino una fuerza que de golpe puede animar cualquier ámbito: el arte, la religión, la economía, la poesía, el deseo, el amor, incluso el tedio.

Se parece más a cosas como el viento, o las nubes o una tempestad: como ellas se produce de improviso, agita, transforma e incluso destruye el lugar en el que se produce, pero con igual imprevisibilidad pasa y desaparece.

-Propone una imagen volátil de la filosofía…

– Tengo la costumbre de dividir el ámbito de la experiencia en dos grandes categorías: las sustancias y la fuerza.

De una sustancia se pueden determinar los límites, definir los temas y el objeto, trazar la cartografía; la fuerza en cambio, no tiene un lugar propio.

– ¿Esto puede verificarse en todo?

– La filosofía, el pensamiento, en este sentido es una fuerza que puede tender a animar cualquier ámbito.

-Comparte con la política esta cualidad de tensión…

– También la política es una fuerza, sin embargo, contrariamente a lo que consideran los politólogos, tampoco tiene un lugar propio; como es evidente en la historia reciente, de golpe la religión, la economía, inclusive la estética pueden adquirir una intensidad política decisiva, devenir en situaciones de enemistad y de guerra.

– Va de suyo que las fuerzas son más interesantes que las sustancias.

Si las sustancias y las disciplinas –como la vida por otra parte- se mantienen inertes, si no alcanzan cierta intensidad, se degradan a prácticas burocráticas.

Filosofía y filología, amor por la palabra y amor por la verdad no pueden separarse en modo alguno.

La verdad reside en la lengua, y un filósofo que no tuviese en claro esa residencia, sería un mal filósofo. Los filósofos como los poetas, son más que nadie los custodio de la lengua, y esta es una misión genuinamente política, sobretodo en una época, como la  nuestra que busca por todos los medios confundir y falsificar el significado de las palabras.

Revista Ñ | 25/6/2016

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