Vida, muerte, vida. El tiempo circular.

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En la naturaleza todo tiene un ritmo, una circularidad; los ritmos naturales, los ritmos biocósmicos son circulares.

El ritmo de las estaciones es circular, la vida de la luna obedece también a un ritmo circular: la luna aparece, desaparece durante tres noches, reaparece, y esta vida circular se repite una y otra vez.

La vida del sol es otro ejemplo de un ritmo circular: durante el día el sol alumbra, pero durante la noche se interna en el infierno, enfrenta fuerzas demoníacas que pretenden retenerlo, disgregarlo en el caos, y el sol sostiene una batalla en el más allá, siempre vence y por lo tanto, siempre resurge al otro día como dios guerrero victorioso.

El sol  repite este círculo “vida, muerte, vida”

La serpiente, el animal con el simbolismo más complejo y prolífico en las culturas antiguas, es un claro ejemplo de vida circular: la serpiente aparece, muda su piel – momento simbólico de su muerte – para después rehacer su piel – renacimiento.

Esta manera de pensar cíclica, en el mundo antiguo era una realidad, una intuición profunda que surge de la observación de la naturaleza, y constituye la visión cosmológica actual, aunque el universo simbólico es diferente.

La teoría del Big Bang, una teoría entre otras sobre el origen del universo, plantea que el universo tuvo un punto de partida, una explosión inicial y una historia hecha de una sucesión alternativa de expansiones y contracciones, es decir, una historia cíclica.

El astrofísico ruso Andrei Linde sostiene la teoría de que la Gran Explosión no fue la primera ni será la última, porque el cosmos es infinito y se autorreproduce constantemente.

Otro físico teórico Roger Penrose de la Universidad de Oxford, afirma haber atisbado partes de un universo antes del Big Bang; patrones circulares dentro del fondo de microondas sugieren que el espacio y el tiempo no empezaron a existir en el Big Bang sino que nuestro universo fue de hecho, sólo uno entre una serie de muchos, y que cada uno marcó el inicio de un nuevo “eón” en la historia del universo,  un ciclo continuo a lo largo de una serie de eones. Él afirma que los datos recopilados por el satélite WMAP de la NASA, apoyan su idea de una cosmología cíclica.

Los astrónomos nos cuentan que una super nova es una estrella que crece, crece y explota, y que luego se reduce, se contrae, ¿se muere? tal vez simbólicamente, porque empieza a girar más y más rápido y se enciende nuevamente.

Nuestro sol es otro ejemplo del ciclo vida, muerte, vida, porque nuestro sol pertenece a la tercera generación de soles.

La estructura compleja del sol también muestra  ritmos  circulares como los ciclos de sus manchas, de máxima y de mínima solar que se repiten cada once años.

Esta visión cosmológica actual parecería estar en consonancia con el pensamiento más antiguo de Occidente que es el inicio de la filosofía en Grecia del cual nos separan veintiséis siglos.

Esta visión de un mundo que oscila entre contracciones y explosiones fue expresada por Heráclito en uno de sus famosos aforismos:

“Este mundo, el mismo para todos ninguno de los dioses ni ninguno del hombres lo creó; sino que fue, es y será fuego siempre vivo que se enciende según medida y se apaga según medida” (fragmento 30)

Son muchos más los ejemplos de una estructura circular, de un ritmo circular de la vida natural, que tal vez sea la matriz que después se convierte en esta intuición de un tiempo circular, que atraviesa no solo la vida natural sino la vida de los hombres.

En la naturaleza hay un principio universal de generación, muerte y regeneración permanente.

El ciclo de la naturaleza es nacimiento, desarrollo, muerte y renacimiento; somos parte de ese orden cósmico y toda la filosofía antigua era una filosofía cosmológica que planteaba la necesidad para el hombre de estar en armonía con el Cosmos.

Pitágoras decía que su enseñanza consistía en “contemplar los cielos” porque, de alguna manera los cielos, los astros, unen el principio con el fin; a diferencia del hombre que no conoce su origen.

El hombre, decía,  vive una vida cortada, está separado de sus orígenes, de sus fuentes; el astro, en cambio, une el principio con el fin, y el sabio lo que tiene que hacer, es imitar a los astros, unir el principio con el fin, tratando de recordar de donde vino y hacia donde tiene que ir.

El tiempo circular es el tiempo del eterno retorno, una concepción muy extendida en las culturas antiguas.

El eterno retorno es esta estructura circular que asegura que siempre hay desarrollo y muerte para siempre volver al origen, a una nueva creación.

El eterno retorno, por lo tanto, reafirma el carácter inagotable de la vida: la vida nunca se va a disolver, nunca se va a disipar, eternamente regresa en una afirmación infinita, en esta circularidad que siempre vuelve al punto de partida.

Si el tiempo circular es aquello que siempre regresa, es en el fondo, para la concepción arcaica, el poder de la eternidad; aquello que siempre vuelve, que siempre se repite, que siempre es presente. Es el poder creador divino de la realidad.

El ser humano puede quedar atrapado en el tiempo profano, que es el tiempo del desgaste, donde no hay renovación sino deterioro, donde la vida se puede disolver sin trascendencia.

El conocimiento de la verdad es la experiencia del poder de la eternidad. La eternidad es un poder, es una fuerza que está en el corazón de las formas. Esa eternidad es vivencial, no es teórica; vivir el tiempo circular es vivir y volver a ese punto constante de eternidad.

Por Lic. Susana Stacco

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