Una vida con conciencia

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Una vida con conciencia

Somos seres históricos, sociales, culturales, adentro de nuestras cabezas circulan los supuestos de una época, los modelos sociales, las tradiciones, las ilusiones y las expectativas familiares.

Miramos el mundo a través de un velo de creencias, convicciones, prejuicios y condicionamientos que falsean la realidad.

Todo lo que nosotros decimos que pensamos ya está connotado de antemano: respondemos a un modelo, a un hábito, a cómo nos educaron; no nos damos cuenta que ya estamos capturados cuando hablamos.

Primero creemos, luego buscamos en lo que vemos lo que creemos por lo cual encontramos en lo que vemos lo que creemos. Estamos ciegos. Nuestra percepción está velada. Hay muchos velos entre nuestros ojos y la realidad.

La mirada está velada por un mosaico de imágenes y creencias y vivimos al servicio de ellas.

Es necesario trabajar sobre las imágenes que tenemos de nosotros mismos y de los otros, porque las imágenes obstaculizan cualquier experiencia nueva. Somos ciegos y vivimos en la contradicción entre lo que imaginamos que somos y lo que somos realmente.

Nuestra mirada se configura en la relación con un otro, la visión se gana por un intenso trabajo de develamiento.

Mirar es mirar imágenes. Ver es ver lo que se presenta, por fuera de las imágenes que nos condicionan.

Vivimos en un nivel muy bajo de conciencia y más aún de autoconciencia.

Tenemos una conciencia frágil, inestable, débil, salta de un lado al otro. Picoteamos.

Nuestro mundo interior suele ser confuso, desordenado; la angustia, los actos fallidos, nuestras reacciones automáticas, sentir de una manera, pensar de otra, actuar de otra, son ejemplos de la fragmentación de nuestra psiquis. Nuestros pensamientos viven en nosotros a veces como enjambres sin que conozcamos su origen, y lo extraño es que los tomamos como si fueran nuestros propios pensamientos; no les prestamos la mínima atención sino que somos ellos, actuamos según ellos, los actuamos.

Todos tenemos un lado tenebroso del que no conocemos nada, pero que actúa y tiene efectos. Es una especie de oscuridad viviente, un mundo inconsciente que nos condiciona pero lo desconocemos. En esas tinieblas es necesario que penetre un rayo de luz por medio de la observación de sí.

 A través de la observación de sí se acrecienta la conciencia y la autoconciencia y esto resulta de una prolongada, serena, sincera observación de las propias acciones, de la manera en que se habla, de los propios pensamientos, de las propias emociones, de las reacciones ante lo que sucede. Esto es verse a sí mismo. Ver es verse.

 

 

Por Lic. Susana Stacco

 

 

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