Nada escapa al poder del dinero.

Una minoría controla grandes riquezas y una mayoría vive en los límites de la debilidad y la indefensión.
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El repetido y conocido repertorio de temas: humildad, caridad, bien común, liberación, respeto por las diferencias, redistribución de las riquezas, justicia, equidad, derechos humanos etc. no expresan más que ambiciones de poder camufladas.

Al mismo tiempo que los niveles de miseria, exclusión, precariedad continúan creciendo en forma exponencial en todo el mundo.

La tan nombrada globalización no hace más que desnudar su propia falacia: se globaliza el dominio neoliberal, pero cada vez hay más ganancia concentrada en menos manos y hay, por consiguiente, más  bolsones de pobreza y grandes zonas de marginación.

Testimonio desgarrador es la catástrofe humanitaria en Somalía, Kenia, Yibuti, Etiopía; millones de personas en peligro de morir de hambre, sin agua, sin medicamentos, gravísimas carencias debidas a años de guerras civiles y corrupción.

Agreguemos más datos alarmantes: crímenes masivos en Sri Lanka, Birmania, Líbano, Irak, Zimbawe, Afganistán, Congo, Uganda, Darfur.

Entonces, la crisis financiera que hace temblar los mercados ¿a quiénes ocupa? Seguramente a los brokers financieros que se regocijan porque la crisis de la cual son responsables, les permite obtener, especulando, enormes ganancias; a las grandes bancas que no supieron predecirla, siendo luego indemnizadas y rescatadas en miles de millones de dólares; a los políticos de sonrisa sobradora que gobiernan en función de los intereses de poderosos grupos financieros y, obviamente, de su codicia desmedida.

Esto nos permite ver una separación aún más extrema entre una minoría que controla enormes riquezas y las multitudes que viven en los límites de la debilidad y la indefensión.

Detrás de los crímenes masivos existen siempre objetivos económicos: negocios y corrupción. El poder y el dinero se enmascaran con principios religiosos, ideologías políticas y defensa de los “derechos humanos”.

Este sistema que nos absorbe la vida mientras maquina en las mentes y los cuerpos, despliega una enorme cantidad de fuerzas que se efectúan en la práctica bañando de dolor y sangre a multitudes en nombre de la paz, la unión, la pertenencia, los derechos humanos.

Es un flagelo que corrompe los sentimientos, destruye las redes solidarias, los vínculos amorosos, y genera focos de corrupción para sostener políticas de expansión y de penetración más allá de las leyes.

Frente a la crisis de los valores y a la corrupción generalizada, la opinión pública pide eticidad, como observa la filósofa Esther Díaz en su libro “Posmodernidad”; si hoy ser ético es rentable, la ética debe integrarse a la economía, una imagen ética  permitirá tener más clientes, hacer mejores negocios y por lo tanto ganar más.

En un mundo en que todo parece venderse y comprarse, nos encontramos atrapados en un mecanismo infernal donde creemos que el dinero permite comprar la alegría, el sentido de la vida y el amor.

Una manera eficaz de influenciar las conductas es apuntar al deseo del otro mediante el ejercicio del biopoder, que reglamenta lo que los demás deben hacer con sus cuerpos, con sus apetitos, con sus presuntos placeres.

Esto se logra por medio de discursos, normas, planificaciones y prácticas que circulan capilarmente por la sociedad, brotando desde ámbitos jurídicos, escolares, familiares, religiosos, recreativos, tecnocientíficos, gubernamentales. El objetivo no suele ser reprimir sino obtener diversos resultados, por ejemplo eficacia económica, obediencia laboral o sometimiento moral.

El deseo se estimula desde los entramados del poder, y contribuye, a su vez, a consolidar la red de la que surge.

Los efectos que se buscan es constituir sujetos dóciles, manejables, rentables, intercambiables y descartables.

 

Por Lic. Susana Stacco


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