La experiencia religiosa

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La actitud de asombro, de fascinación, de perplejidad, de arrobamiento, de conmoción ante el misterio de la existencia, es la esencia de la experiencia religiosa y despierta también, el pensamiento filosófico y la actitud mitológico – simbólica.

“¿Qué es todo esto? ¿Qué sentido tiene? ¿Cómo comenzó todo? ¿Por qué hay ser más bien que nada?”

El hombre religioso es el que puede atravesar la coraza de las cosas que se ven y penetrar en la fuerza invisible que todo lo abarca.

Penetrar la realidad de los objetos de la naturaleza visible, y ver. Lo que se revela es una realidad eterna y atemporal.

¿Cómo se puede, con el lenguaje natural que es sucesión, tiempo, dar cuenta de aquello que explota como un fulgor instantáneo y absoluto?

Entonces el hombre apela a los símbolos para dar cuenta de la realidad que es inefable. El encuentro con la realidad inefable es fugaz.

En el mundo arcaico para expresar la brevedad de ese encuentro con el todo divino, se acude a la imagen del relámpago.

En la noche de tormenta, el relámpago ilumina de forma súbita y fugaz la tierra, antes invisible y oculta.

De forma metafórica equivalente, el todo divino se manifiesta como una luz, como un relámpago breve que ilumina y estremece la sensibilidad del místico.

Para que esta experiencia se produzca, el ser humano debe convertirse en un ser sensitivo, sensible, altamente receptivo a la aparición de lo – otro, lo distinto. Esto supone estar abierto.

Y en esta mística natural, el hombre siente que se une con la naturaleza, con el mundo visible, con el agua, la piedra, el viento y percibe que los elementos naturales no son simplemente materiales que existen mecánicamente, sino que son materia dotada de espíritu. Todo está vivo.

Él es el viento, es el agua. Es una unión entre el hombre y las fuerzas naturales, percibidas éstas como una presencia espiritual y divina.

En palabras de Joseph Campbell: “Hoy debemos aprender a ponernos nuevamente de acuerdo con la sabiduría de la naturaleza y volver a entender nuestra hermandad con los animales y con el agua y el mar. Abiertos a un misterio indefinible, inconcebible, pensado como un poder que es la fuente, fin y fundamento de toda vida y ser”

 

Leer también: Carta del Jefe Seattle al Presidente de los Estados Unidos.

 

Por Lic. Susana Stacco

 

 

 

 

 

 

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