La desacralización del mundo

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No se puede negar que a partir del siglo XVII, momento de la gran revolución científica, se produce una progresiva desacralización del mundo en la civilización occidental.

Algunos valoran esto como un gran progreso que terminó con la ignorancia y otros como una necesaria transformación, pero que nos exiló del suelo simbólico poderoso de lo sagrado. Hecho que Nietzsche  llamó “la muerte de Dios”.

La  racionalidad que constituye la Modernidad tiene como consecuencia el desencantamiento del mundo, los dioses se han ido- dice el poeta Holderling.

En su sentido originario, la palabra ateo no significa que una persona no cree en Dios, sino que Dios ya no cree en ella.

Jung, por su parte, lamentó la pobreza simbólica de la civilización actual, perdiéndose la dimensión más profunda del ser humano. Él dice, que en el mundo contemporáneo, el fuego- símbolo del espíritu- ha caído al agua, así como la Atlántida ha quedado sumergida.

Ya no tenemos esta aproximación ígnea en Occidente hacia lo sagrado, sino que hay que bucear en las aguas del Inconsciente.

Jung habla de un ser humano que está abierto a una dimensión que es la del espíritu que se abre a un cosmos que tiene una dimensión sagrada. Lo ha dicho en términos de la psicología y no en términos de la fenomenología de la religión, ni en términos de la metafísica de los tradicionalistas.

En el siglo XX surgieron nuevas disciplinas que intentaron recuperar la tradición primordial o la sabiduría eterna, núcleo de todas las tradiciones espirituales y de la filosofía antigua.

Autores como René Guénon, Mircea Eliade, Julius Évola y tantos otros han mostrado que en todas las latitudes y en las más diversas tradiciones culturales siempre ha existido la misma visión del mundo: la de un cosmos viviente que responde a un principio superior activo y un ser humano que es un ser de transformación que tiene un núcleo espiritual latente que es un abismo de riquezas, y que en la medida que lo penetra comprende o se acerca más a esa cualidad de índole metafísica o divina.

De este grupo de estudiosos ha surgido una nueva hermenéutica que ha ido recuperando la tradición simbólica que es sin duda el tesoro de la humanidad.

El tesoro de la humanidad nos habla de una unidad trascendente de las tradiciones y de una apertura a horizontes más amplios.

La filosofía y las formas simbólicas de las tradiciones espirituales han sido órganos para despertar la conciencia, no para adormecerla, cultivando la sensibilidad, la intuición, el intelecto, la dimensión simbólica, la imaginación creadora y a través de esta mediación producir un impacto en la psique humana para ir alcanzando niveles de mayor apertura.

Porque los símbolos son la manifestación en el mundo visible de la dimensión sutil y eterna y nos conducen de la aparente falta de sentido a la armonía inmanifiesta, más poderosa que la manifiesta, según las palabras de Heráclito.

 

 

 

 

 

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