La Conciencia Cósmica en la filosofía antigua

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La filosofía antigua propone al hombre un arte de vivir, al contrario que la moderna, que aboga en primer lugar por la construcción de un lenguaje técnico reservado a especialistas.

La Antigüedad entiende a la filosofía como un ejercicio a practicar constantemente; invita a concentrarse en cada instante de la existencia, a tomar conciencia del infinito valor del momento presente, siempre que uno lo sitúe en una perspectiva cósmica. Pues el ejercicio de la sabiduría comporta una dimensión cósmica.

Mientras el hombre corriente ha perdido contacto con el mundo, dejando de percibirlo en tanto que mundo y considerándolo más bien como medio de satisfacer sus deseos, el sabio no cesa de tener el Todo siempre presente en su espíritu. Piensa y actúa según una perspectiva universal.

Conoce así un sentimiento de pertenencia a un todo que desborda los límites de su individualidad.

La Conciencia Cósmica se entendía de modo distinto al del conocimiento científico del universo.

Este último era objetivo y matemático mientras que la Conciencia Cósmica era resultado de un ejercicio espiritual, que consistía en comprender la existencia individual integrada en la gran corriente del Cosmos, en la perspectiva del Todo.

Este ejercicio no se situaba en el espacio absoluto de las ciencias exactas, sino en el de la experiencia del sujeto concreto, vivo y contemplador. Son dos tipos de relación con el mundo radicalmente distintos.

La misma diferencia entre la rotación de la Tierra, confirmada y demostrada científicamente y su inmovilidad, planteada a la vez por nuestra experiencia cotidiana, y por la conciencia trascendental y constitutiva. Según ésta, la Tierra es el suelo inamovible de nuestra existencia, la referencia de nuestro pensamiento, o, tal como afirma Merleau-Ponty “la matriz tanto de nuestro tiempo como de nuestro espacio”.

Del mismo modo, el cosmos y la naturaleza, son, según nuestra experiencia habitual, según nuestra percepción cotidiana, el horizonte infinito de nuestra vida, el enigma de nuestra existencia que nos inspira, en palabras de Lucrecio, “un estremecimiento y un placer divino”.

Como expresa Goethe en el Fausto: “En su capacidad de estremecerse reside lo mejor del hombre. Por alto que sea el precio que el mundo le haga pagar por el, es gracias a este pasmo como el hombre puede percibir la prodigiosa realidad.”

Relación con uno mismo, relación con el cosmos, relación con los demás: en este último aspecto también las tradiciones filosóficas de la Antigüedad resultan enriquecedoras.

La filosofía antigua invita al hombre a transformarse a sí mismo. La filosofía implica conversión, transformación del modo de ser y de vivir, búsqueda de la sabiduría.

 

Fragmento del Libro: "Ejercicios espirituales y filosofía antigua" de Pierre Hadot

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