Hierofanías

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Mircea Eliade presenta como sentido general de lo lunar, todo lo relacionado con el mundo temporal.

La luna se asocia con los ritmos, con lo que cambia, con lo que se transforma, con lo que deviene, el orden propio del tiempo, donde hay sucesión, transformación.

 

La relación entre la luna y lo temporal en parte está asociada con la propia existencia cíclica, cambiante de la luna.

La luna se mueve por ciclos: aparece, crece, va muriendo lentamente mediante sus fases lunares hasta desaparecer durante tres noches, para después reaparecer.

La luna, por lo tanto, vive en el tiempo, vive en la transformación, en la modificación de estados.

El  hombre arcaico descubrió la relación entre la luna y ciertos ritmos vinculados con la fecundidad, con la fertilidad, con lo húmedo, con la fertilidad femenina.

Observando los ritmos naturales descubre la relación entre la luna y los ritmos temporales de las mareas, con posibles períodos de lluvia, la relación entre la luna y los ritmos de la fertilidad femenina vinculada con la menstruación.

Por lo tanto, para la concepción simbólico-mítica la luna está fuertemente asociada con ritmos temporales, con el dominio del tiempo, con el destino, con aquello que tiene un fin y una medida dentro del mundo temporal. Se asocia con lo finito, con aquello que muere y renace.

Renacimiento, muerte, transformación, tiempo.

 

Gracias a las fases de la luna, es decir a su nacimiento, su muerte y su resurrección, los hombres tomaron conciencia a la vez de su propio modo de ser en el Cosmos y de su posibilidad de renacimiento y ha podido integrar en el simbolismo lunar hechos tan heterogéneos como el nacimiento, la evolución, la muerte, la resurrección, las aguas, las plantas, la mujer, la fecundidad, la inmortalidad, el tejer, el símbolo del hilo de la vida, el destino, la temporalidad.

 

Estas son verdades concernientes al modo de ser específico de los vivientes, de todo lo que en el cosmos participa de la vida es decir, del nacimiento, del crecimiento y el decrecimiento, del devenir, de la muerte y de la resurrección.

 

Lo que la luna revela al  hombre religioso no es únicamente que la muerte está indisolublemente ligada a la vida, sino que la muerte no es definitiva, que va siempre seguida de un nuevo nacimiento.

 

 

Un mito que expresa esta concepción temporal de lo lunar y por extensión sobre la vida y el destino, es el famoso mito griego de la Moira donde moira significa “lote, parte, porción”, y tal vez ésta se vincula con las fases cambiantes de la luna: la luna nueva que es la luna joven, la luna recién nacida, la luna doncella; la luna mujer vinculada con la madurez y la luna vieja, la luna preliminar a la muerte, a la extinción, la luna de la decrepitud referida a las fases menguantes que llevan a la desaparición de la luna por tres días.

La luna de la decrepitud, la luna vieja, en el mundo helénico- mítico se vinculó a la brujería, a la hechicería, con su rostro triforme, con tres rostros, tres aspectos que tal vez se correspondan con los tres aspectos de la vida lunar.

Estas tres fases de la luna se corresponderían con las tres famosas Moiras que controlan el tiempo y el destino: Cloto, Láquesis y Átropo.

El tiempo es simbolizado en muchas concepciones míticas como un hilo, el hilo de la vida, el hilo del tiempo, el hilo que las diosas tejen.

El tejido del tiempo, el tejido de la materia que existe en el tiempo es un cruce de hilos.

El tiempo es un hilo y ese hilo es dominado por lo femenino, las diosas asociadas con la fertilidad, con la luna y en el caso del mito griego por la Moira.

Cloto es la Moira que va desenrollando el hilo del huso del tiempo. Láquesis es la que mide el hilo, es decir la que determina la porción de tiempo que le va a corresponder como existencia a un individuo. Y Átropo es la más funesta, porque es la Moira que corta el hilo, la que determina el momento de la muerte.

 

Mientras la luna se relaciona con el tiempo, con lo que cambia, con el devenir, la transformación, muerte y renacimiento, el sol se relaciona con lo inmutable.

 

Para la concepción física antigua de Aristóteles, la luna se relaciona con el tiempo, el mundo humano es temporal, pertenece al orden sublunar, es el mundo de la corrupción y degeneración de los cuerpos; y el mundo más alto es el mundo de los cielos, de los cuerpos celestes que se mueven en círculos perfectos.

Esa realidad es la realidad de lo más verdadero, lo eterno. Esa eternidad se asocia con el sol.

 

El sol es lo eterno, porque la luz del sol se manifiesta como una fuerza de poder inmutable, que nunca se empobrece; y a su vez se mueve por la órbita celeste: el apogeo en el mediodía, la lenta desaparición durante el ocaso y la noche, su viaje nocturno por el más allá, su renacimiento al día siguiente.

 

Por lo tanto, el sol si bien se asocia con los momentos cíclicos de la aparición y desaparición, al mismo tiempo, en su simbolismo más alto se vincula con un aspecto inmutable y eterno de la realidad.

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