Filosofía y espiritualidad

Cuidarse a sí mismo significa conocerse
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En su seminario sobre “La Hermenéutica del Sujeto” dedicado a las escuelas filosóficas griegas antiguas en particular las helenísticas y las del mundo imperial, Michael Foucault señala que en la Antigüedad el acceso a la verdad dependía siempre de una transformación que el sujeto tenía que hacer sobre sí mismo. Estas escuelas plantean que el acceso a la verdad  produce un efecto de retorno de la verdad sobre el sujeto. Existe en la verdad algo que perfecciona al ser mismo del sujeto o lo transfigura. La verdad es lo que lo ilumina, lo que le proporciona la tranquilidad del alma.

Foucault, en la primera clase de este seminario, hace una clara distinción entre la filosofía en el sentido moderno y la espiritualidad, llamando filosofía a los métodos por los cuales el sujeto busca el acceso a la verdad. En cambio, por espiritualidad entiende que el sujeto así tal como es no tiene acceso a la verdad porque está dormido, y necesita una transformación esencial en su ser. La espiritualidad no es un método epistemológico como el método cartesiano, sino que espiritualidad es la transformación del ser más profundo del hombre para tener acceso a la verdad.

“La verdadera filosofía es deseo y búsqueda de sabiduría, no sólo es un discurso, sino una elección de vida, una opción existencial y un ejercicio vivido.” (Pierre Hadot)

Tanto en el platonismo como en el pitagorismo, entre los estoicos y los epicúreos, encontramos que la verdadera filosofía empieza por la observación de sí mismo, esto es, tener conciencia de nuestras sensaciones, de nuestras posturas corporales, la percepción de nuestro cuerpo, del estado de nuestras emociones, la vigilancia continua de nuestros pensamientos.

Esta observación de sí, como repliegue de la conciencia sobre la interioridad, es una práctica continua que se relaciona con el concepto de epiméleia que en griego significa “atención”, “cuidado”. Epiméleia heautou, “cuidado de sí, atención de sí mismo”, es inseparable de gnothi seauton, “conócete a tí mismo”.

En “Finitud y Culpabilidad”, Paul Ricoeur escribe: “El `conócete a ti mismo` no es un quehacer puramente reflexivo, en realidad representa ante todo una llamada en que se nos invita a cada uno a situarnos mejor en el ser, o dicho en términos griegos, a “ser sabios”. Como dice el “Cármides” de Platón: “El Dios (hablando del Oráculo de Delfos) les dice en realidad, aunque en forma de saludo: `sed sabios`, si bien dada su categoría de oráculo, lo dice en forma enigmática; en el fondo es lo mismo `ser sabio` que `conocerse a sí mismo`”.

Cuidarse a sí mismo significa conocerse. El proceso de conocimiento de uno mismo conduce a la sabiduría.

El filósofo no es un sophos, no es un sabio, busca serlo.

Sabio es el que ha llegado a la realización plena de sus potencialidades a partir de una larga práctica sobre sí.

Por sabiduría, dice Pierre Hadot, “se entiende ese estado que quizá jamás sea alcanzado por el filósofo pero al que tiende mediante un intento de transformación de sí mismo con el fin de superarse”. En su libro “Qué es la filosofía antigua”, este autor muestra que para todas las escuelas filosóficas griegas la sabiduría supone por lo menos tres aspectos fundamentales:

– la ataraxía: la imperturbabilidad del alma, la paz interior;

– la autarkéia: la libertad interior;

– la megalopsykhia: la conciencia cósmica.

Para el mundo antiguo es imposible lograr cierta paz interior (ataraxía), y la autarquía (autarkéia) en el sentido de ser dueño de sí mismo, sin la conciencia de pertenencia a un todo humano y cósmico, consistente en una suerte de transfiguración del yo, gracias a la cual se consigue la apertura del alma, que se expresa como megalopsykhia, “alma grande”. Esta magnanimidad (del latín magnanimitas) no sólo se refiere a una especial actitud, sino y básicamente, a la profunda percepción de que nuestra alma particular pertenece a un alma mayor que es el alma  del cosmos [1].

Desde este contexto, no sería posible lograr la paz interior y la autarquía, en tanto el hombre se ubique como referencia última de todo lo existente.

Para la Antigüedad, incluso así lo entendió Aristóteles, la espiritualidad se vincula con la posibilidad de abrirnos a lo universal.

Ser espiritual es ese camino por el cual la conciencia va superando la inmediatez del yo, su necesidad de subsistencia, sus intereses más mezquinos, para abrirse a una realidad que está ahí, una realidad absoluta, infinita, que escapa siempre al hombre, una realidad no humana, el Misterio.

[1] En el siglo XVII comenzó una profunda distinción conceptual entre cosmos como visión de una totalidad ordenada y mundo (mundus) como universo para ser experimentado.

 

Por Lic. Susana Stacco

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