El problema está en nuestras cabezas.

¿Cómo cambiar el mundo si no cambio yo?
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Estamos atravesando una crisis gravísima. Por un lado hay grandes avances técnicos y científicos que nos aseguran la prolongación de la vida, y por el otro lado hay fenómenos de destrucción en diferentes niveles, humanos y no humanos, que están amenazando permanentemente la vida. Y la vida, en lugar de ir hacia estados de mayor plenitud, se está deteriorando cada vez más en su calidad.

Los altos niveles de sufrimiento que se observan en el incremento exponencial del consumo de medicamentos en general, y psicofármacos en particular, debido a: más depresión, más ataques de pánico, más insomnio, más psicopatía (violencia, agresión, etc.), y todas las enfermedades físicas derivadas del estrés.

Estamos cada vez más frágiles, más vulnerables. Creemos ser dueños de nuestra vida y en realidad somos cooptados por una cantidad de fuerzas que desconocemos.

Para que los sucesos que la vida nos presenta no nos desintegren, se necesita fuerza. No una fuerza muscular, ni violencia, ni prepotencia, sino fuerza interior, vitalidad, consistencia.

¿Cómo detener los procesos de destrucción y de autodestrucción si no hay un cambio a nivel individual? ¿Cómo cambiar el mundo si no cambio yo?

El problema reside en la mentalidad de cada uno de nosotros. No puede haber ningún cambio en los sistemas políticos, económicos, sociales, si no se hace paralelamente un cambio en la subjetividad de los individuos que sostienen estos sistemas.

El problema está en nuestras cabezas.

Frente a las situaciones que la vida nos presenta podemos razonar, analizar, opinar, darles mil vueltas y quedar agotados, enojados, resentidos, trabados. El tema es atravesarlos y salir fortalecidos, con mayor fuerza interior.

La fuerza no la voy a encontrar afuera. Buscamos afuera lo que pueda calmarnos: personas que nos den algo, objetos que nos sacien, medicación que nos tranquilice.

Así nos vamos apegando a lo que nos calma, nos aturde, o llene un vació. Pero es ilusorio porque la satisfacción es momentánea y el deseo se desata y nunca se colma, generando más hambre e insatisfacción.

Nuestra vida se va reduciendo cada vez más a un microcosmos familiar que nos dé seguridad. Vamos agarrados, apegados a otros: personas, objetos, ideologías.

¿Cuál es el peligro? Que cuanto más apegados, más dependientes, cuanto más dependientes, más manipulables y cuanto más manipulables, más frágiles y pasivos; más títeres de políticas que se sostienen en la pasividad y el consumismo.

Uno cree ser dueño de su vida pero en realidad somos manejados, controlados en nuestra pasividad, y en tanto más pasivos, más deprimidos, más manejables, más vulnerables. Y todo este circuito va realimentándose a sí mismo.

Esta pasividad no es inocente, porque nos convierte en seres reactivos, reaccionamos sin pensar; nos enojamos, peleamos, sometemos, nos someten, pisamos, nos pisan.

Tampoco sabemos muy bien por qué lo hacemos, creemos saber mucho sobre otros; juzgamos, opinamos, interpretamos, criticamos, pero sabemos muy poco sobre nosotros mismos.

Por eso Nietzsche escribió: “No nos conocemos a nosotros mismos, nosotros los conocedores. Pero esto tiene su razón de ser. Si nunca nos hemos buscado, ¿cómo íbamos a poder encontrarnos algún día? ¿Quiénes somos realmente? Permanecemos ajenos a nosotros mismos, no nos comprendemos. Para nosotros reza la frase eternamente: de nadie estamos más lejos que de nosotros mismos”. (Friendrich Nietzsche: “La genealogía de la moral” Prefacio)

 

Por Lic. Susana Stacco

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