El despertar de la conciencia

Vivimos en un mundo en que la mente mecánica se satura de imágenes digitalizadas y de información desordenada y queda aturdida en un estado hipnótico, controlada por los poderes de turno y otros más profundos como son los múltiples condicionamientos internos y externos.
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Todas las tradiciones sapienciales nos hablan de un ser humano que vive alienado, descentrado, fragmentado, que está dormido y tiene que despertar.

Las tradiciones y la filosofía antigua son un intento de despertar al hombre para recuperar la integridad perdida, interior y exterior a la vez.

El despertar de la conciencia es todo un camino a través del cual la conciencia va superando la inmediatez del yo, su autocentramiento, sus intereses más mezquinos y utilitarios para abrirse a una realidad que nos trasciende y nos incluye. Esa realidad, llevada a su máximo nivel es una realidad absoluta, infinita y divina (en el sentido de no humano).

Esta realidad última está más allá de nuestra comprensión racional, sin embargo es una realidad que se puede experimentar: “el Tao que se puede decir no es el verdadero Tao”.

Las escuelas filosóficas buscaban el conocimiento de la verdad última, el fundamento de todo lo existente. Esto implicaba no solo una teoría sino que el sujeto para llegar a ella, necesitaba transformarse, modificarse a través de prácticas y experiencias en su ser mismo. Puesto que el sujeto tal como es no es capaz de verdad.

La verdad solo es dada al sujeto a un precio que pone en juego su ser mismo. No puede haber verdad sin una transformación. Es un trabajo de sí sobre sí mismo que lleva a una transformación de la cual cada uno es responsable. Es una prolongada labor.

La verdad es lo que lo ilumina, lo que le da la bienaventuranza, lo que le da la tranquilidad del alma y el conocimiento de la verdad tiene un efecto de contragolpe, porque a la vez lo transfigura.

Toda la filosofía antigua comparte con otras tradiciones la idea de que existe una posible transformación del ser humano.

El ser humano es un ser que se puede transformar, por lo cual no le preocupaba tanto lo que el hombre es, sino lo que puede llegar a ser, su posible evolución.

Existe una potencialidad humana que puede desarrollarse. Las civilizaciones antiguas han tenido siempre un símbolo del hombre completo, el anthropos téléios, el hombre entero, completo, íntegro; una imagen muy potente que llama hacia lo que el poeta Píndaro expresa: “Que llegues a ser quien eres”,  una expresiva invitación a la realización de todas sus potencialidades.

Realizarse es llevar al máximo el propio ser y la propia conciencia y eso es la plenitud.

 

Por Lic. Susana Stacco

 

 

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