Conócete a ti mismo

De todo lo que una persona puede hacer en este mundo, durante esta vida, la única cosa que verdaderamente vale la pena es el intento  de conocerse a sí mismo.
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El Oráculo de Delfos saludaba a quien iba a visitarlo con el famoso “Conócete a ti mismo”.

Dice Platón en el Cármides: “El Dios (hablando del Oráculo) le dice, en realidad, aunque en forma de saludo “sed sabios” si bien, dada la categoría de oráculo, lo dice en forma enigmática; en el fondo es lo mismo “ser sabio” que conocerse a sí mismo.

El “conócete a ti mismo” no es un quehacer puramente reflexivo, representa una llamada en la que se nos invita a situarnos mejor en el ser, a ser sabios. El proceso de conocimiento de uno mismo conduce a la sabiduría.

Sabio es el que ha llegado a la realización de sus potencialidades a partir de una larga práctica sobre sí.

El filósofo ama la sabiduría pero no es un sophos, un sabio, busca serlo. Por sabiduría se entiende ese estado que quizás jamás sea alcanzado por el filósofo pero al que tiende mediante un intento de transformación de sí con el fin de superarse.

Para todas las escuelas filosóficas griegas, para las tradiciones sapienciales llámense Hinduísmo, Budismo, Taoísmo, Kabballah, la sabiduría supone por lo menos tres aspectos fundamentales:

la ataraxia, la imperturbabilidad del alma, la paz del espíritu;

la autarkéia, la libertad interior en el sentido de ser dueño de sí mismo y

la mégalopsykhia, la conciencia cósmica.

Para el mundo antiguo es imposible lograr cierta paz espiritual y la libertad interior sin la conciencia de pertenecer a un todo humano y cósmico. Para los griegos “el orden divino del mundo”, consiste en una transformación del yo gracias a la cual se consigue la apertura del alma, que se expresa como alma grande (megalopsykhía). Esta magnanimidad (magnanimitas) no solo se refiere a una especial actitud sino, básicamente, a la profunda percepción de que nuestra alma pertenece a un alma mayor que es el alma del cosmos.

Desde ese contexto, no sería posible lograr la paz espiritual y la libertad interior en tanto el ser humano se ubique como referencia última de todo lo existente.

Al integrarse a una realidad humana y cósmica que nos incluye a todos, se supera nuestro individualismo mezquino, nuestros intereses egoístas y utilitarios, para trascendernos, que es abrirse a los seres más cercanos, a los extraños y a la naturaleza.

Es tomar conciencia de no ser un gran yo, sino un punto entre múltiples puntos.

 

Por Lic. Susana G. Stacco

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