Balance del 2016: el infierno somos todos

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31/12/2016 – 02:26 – Clarin
Tema del Domingo

Balance del 2016: el infierno somos todos

El escritor español Juan Cruz repasa el año para concluir que el dolor individual viene de todas partes y el fanatismo es una antigüedad que nunca muere.

Foto iconica que dio la vuelta al mundo del niño sirio rescatado. Omran Daqneesh, niño sirio herido tras un bombardeo y rescatado de entre las ruinas de su casa en  Aleppo

Siempre tienen razón los humoristas; Fontanarrosa, Quino, los hermanos Marx… El mundo ha andado (bastante) equivocado. Hegel también tenía razón: la Historia la hacen en minúsculas los gobernantes. Y no tenía razón Sartre: el infierno no son los otros, el infierno somos todos. Todos vivimos en el infierno, ya no es paz, ni silencio, en ninguna parte, es infierno probable, infierno sin otro paliativo que la esperanza, y ésta habita tan solo en la mirada de los niños. Porque a todas partes, también bajo la tierra, en el espacio, en los sueños igual que en las pesadillas, llega la metralla de la destrucción. La vida es una mina antipersonas y la felicidad ya no está ni siquiera en los grandes almacenes, ni tampoco en los confesionarios. Vivimos en una época en que todo eso que es tan importante tampoco importa. Los grandes prebostes de las naciones más grandes se reúnen trajeados, recién afeitados (casi todos son hombres), para resolver guerras que ellos mismos promueven, y salen de esad reuniones plenarias henchidos de gozo: han inventado la trilita (N.de la R.: potente explosivo). Para paliar los efectos de la trilita, han inventado la tirita.

Es un panorama desolador que, descrito así, parece una apelación general a la culpa ajena. Y la culpa es de todos. Lo que ha tenido la globalización es que nos ha hecho creer que somos verdaderamente singulares, y así actuamos. Somos singulares; se dirigen directamente a nosotros, con nuestro nombre, las multinacionales del dime y direte, Twitter y Facebook, tenemos amigos nuevos que en realidad nunca lo van a ser, o han dejado de serlo, o lo son desde que tenemos dientes. Hacen negocios con nuestros afectos y se hace negocio con el odio: la guerra de Siria causó furor mundial, y se hizo más notoria, como si no hubiera empezado cinco años antes, cuando apareció el cuerpito de Aylan en una playa turca. Ese fue el detonante de un enfado mundial, que desafió las estadísticas: habían muerto ya centenares de niños, miles de adultos, muchos de ellos mientras viajaban en pateras o en otras embarcaciones de papel, en busca de la luz normal, huyendo de la luz de las bombas. Pero ese niño Aylan se convirtió en seguida en una sombra que nos afectó a todos. Y las grandes multinacionales de la imagen lo hicieron un poster mundial, como fue el poster del Che Guevara después de muerto.

Aylan. La foto que escandalizó al mundo retrata al pequeño que intentaba escapar del horror de la guerra muerto en una playa de Turquía. Nada cambió. / AFP

Esa imagen no acabó con la guerra, cómo iba a acabarla. La guerra las hacen las multinacionales y las imágenes de las guerras las negocian las multinacionales, unas hacen matar y otras miran matar. Cuando haya un aniversario, Google encabezará su inteligente propaganda diaria poniendo en su página de entrada una de esas imágenes, y la gente llorará en sus butacas o en sus hamacas o en sus sillones de tren, viajando por el mundo al que todavía no ha llegado la metralla.

Porque la metralla ya no está sólo en Aleppo, sino que está en todas partes, moviéndose sigilosamente, cerca de nosotros. Es el infierno viajando, como una lagartija que muerde un pie mientras que parece que te acaricia con el aire de su boca tenue pero apestosa.

Este año terrible de nuestras vidas (de todas nuestras vidas) acabó en Berlín, por ejemplo, con una metáfora mayor de la crueldad: un chófer improvisado, que mató al chófer de verdad, un polaco, entró como una mano negra en la paz de los mercados navideños de la ciudad anteriormente dividida y triste, y entristeció hasta el aire de respirar.

Navidad ensangrentada. El mercado navideño dela Iglesia Memorial de Berlín atacado por terrorista en un camión. Foto: Rainer Jensen/DPA,

Las víctimas no son, ni en Aleppo ni en ninguna parte, una multitud, pues se lloran una a una, y tanto en Berlín como en Aleppo como en Niza como en Buenos Aires como en Madrid o como en Nueva York, las víctimas son una a una; es la humanidad entera cuando muere un hombre, cuando muere una mujer, cuando mueren los viejos, cuando mueren los niños.

Aylan era el mundo entero, un niño solo muerto en Vietnam o en Aleppo es el mundo entero, un desaparecido en Argentina, un muerto en Euskadi o en las estribaciones del Ebro, es el mundo entero. Un poeta español, José Hierro, tiene un poema, Réquiem, que narra la esquela de un emigrante español que murió en New Jersey, Nueva York. Ni dios asistió a su entierro. Estamos rodeados, en el mundo, en las pequeñas localidades, en las casas, de seres anónimos a los que matan de guerra o de frío las grandes reuniones infructuosas de mundo. Y nadie los llora o no son noticia.

Es un tiempo implacable, en el que ya las dictaduras viven dentro de las máscaras de las democracias. Lo que dice el futuro mandamás de la potencia más grande de la tierra coincide con lo que dice el subcampeón de esas ligas, su colega en Moscú. Los dos tienen el aire de los que van a caballo por las praderas oscuras del Oeste americano. Pueden reunirse solos, sin nadie alrededor, sin Parlamento siquiera, y apagar la metralla de Aleppo o el hambre en África. Pero no lo van a hacer, no porque no tengan alma, sino porque tienen intereses.

Alianza para el futuro. Vladimir Putin y Donald Trump, en la mirada de un muralista. EFE

Ellos, con el lujo de su ornamenta mediática, hielan el corazón a cualquiera de los mundos, y se sirven de su autoridad inconcebible, pues no tiene fin ni tiene claro su origen, para dictar leyes que van contra lo que dicen las noticias del milenio: no es verdad que el mundo sea global, no es cierto, al contrario de lo que dice la declaración universal de los derechos humanos, que el hombre sea libre para trabajar, para viajar, para reclamar el sustento que le falta a sus hijos, a sus mayores, a la comunidad en la que vive.

No es cierto que esa apelación a la libertad que llevó al poder a Donald Trump, pongo por caso, lo faculte para construir el muro que hará más difícil la vida a los mexicanos pobres. Pero a base de repetirlo como amenaza, luego como una broma y finalmente como un mantra, esa noticia largamente dicha de que iba a hacer el muro y de que además, dólar a dólar, lo iban a pagar los mexicanos, se va a producir. Y los periodistas (y Google) la vamos a recoger en papel y en Internet y en la televisión y en las redes sociales, y se repetirá tanto que parecerá un hecho de la historia, y no un dolor que, uno a uno, va a afectar en millones de seres humanos.

Las últimas imágenes de ese año sin alma trajeron algunas noticias que completan la narración simbólica de este tiempo malo. Eran imágenes concatenadas, como la exposición mediática y mimetizada de la maldad. La secuencia empezó en Ankara, donde un joven de 22 años se preparaba, como un delantero para lanzar un penal, para disparar a la nuca de un hombre robusto que tenía delante y que hablaba, precisamente, de fotografías. El hombre robusto, un embajador, cayó al suelo como fulminado por el rayo (esa imagen es la de aquel poema, Réquiem) y murió en el acto.

Ataque. El 19 de diciembre Mevlüt Mert Altintas (atrás) mató al embajador ruso en Turquía, Andréi Karlov mientras visitaba una exposición de fotografía en Ankara, Turquía.

El joven siguió de pie, con la pistola sobresaliendo de su mano mortal (pues es la mano, o el alma, la que mata, el arma obedece), mientras yacía el hombre robusto, vencido en el suelo sobre el último paso que dio en su vida. La costumbre de matar, la heredada costumbre de matar. Antes de que él mismo sufriera el brote alevoso de la metralla, el joven aún pronunció unas palabras que explicaban que se estaba vengando de lo que pasa en Aleppo. Vaya por Dios, o por Alá. Para vengarse de la muerte, más muerte. Como si en el ideograma de la vida se hubiera instalado ya para siempre la muerte, palabra que prosigue a la palabra venganza como si fuera una maldición, la maldición de las guerras.

Después de ese poema brutal lanzado al aire por aquel joven asesino, que además era guardia, es decir, guardaespaldas, y por la espalda mató, un joven de casi los mismos años (tenía 21: fue ejecutado días después por la policía que lo buscaba) robó un camión enorme, como aquel camión mortal de Niza, y lo lanzó contra los que compraban regalos en el palacio de los inocentes, un mercado navideño. Las muertes fueron súbitas, y los que quedaron malheridos han contado, uno por uno, el dolor que sintieron, cómo era el dolor, cómo es, cómo se padece. El dolor individual. Y no le busquen ni nacionalidad ni religión ni idea a este abismo. Proviene de todas partes, y desde todas partes lo alimentamos. Lo alimenta la cultura silente, la política ausente, la inocente bondad de los que no dicen nada por si a ellos les toca. El fanatismo es una antigualla que sigue viva a base del calor que le damos. Es lo único que no muere, pues, como decía el poeta español Blas de Otero, “aquí no se salva ni Dios: lo asesinaron”.

Morimos uno a uno, sufrimos uno a uno. Lo peor de las guerras, y estamos en una guerra, es la multitud. Durante años la guerra española se contó por muertos: un millón de muertos. Los muertos, como los desaparecidos argentinos, los que murieron en la guerra mundial, los que murieron en la guerra de España, los que murieron en el Estadio Nacional de Chile, los que murieron en las guerras larguísimas de Colombia, los que fueron asesinados en los trenes de Madrid, son uno a uno; el mundo se rompe a pedazos, pero a pedazos individuales y tristes; la tristeza del mundo es una abundante injusticia que cada uno de los que la sufre la sintió en una sola piel, en una sola identidad, en un solo cuerpo, en un alma sola.

Muro entre México y Estados Unidos. Monumento a los caídos en la frontera entre los dos países.

Y después… Cuando escribo este artículo acabo de ayudarle a mi nieto a hacer una armadura con desperdicios del suelo. Él mira la televisión, encuentra en las webs de juguetes y de videos numerosas referencias a esa palabra, armadura, y él estaba construyendo una en caso de que… En un momento dado hizo esta reflexión en alto: “Las armas son malas, las armaduras te protegen de ellas”. Uf, estos niños. Vivimos en un mundo en el que la violencia ya no está solo en el azar que contaba César Vallejo (un albañil sale a la calle, le cae un adoquín en la cabeza y ya no almuerza), ni en las carreteras peligrosas o amables de Julio Cortázar ni en los tanatorios solitarios de New Jersey del poema de Hierro… La muerte es un azar constante que disparan seres que pueden ser igualmente otros seres. La gran matanza de las Torres Gemelas inauguró el peor siglo de nuestras vidas (y ha habido otro que se las trajo, el siglo de las guerras mundiales) abriendo más zanjas que las que dejó: abrió la tercera guerra mundial, hecha de guerras tan crueles o aún más que aquellas guerras declaradas.

Ahora, en este siglo aún menor de edad, y ya tan salvaje, estas guerras se desplazan con drones, matan a distancia, no tienes fronteras en las cuales alojarte para sentir que la vida puede durar lo que naturalmente dura. Estas guerras globales de ahora son guerras igualmente locales, te van a buscar a casa, y aunque estés comprando un juguete puede caer sobre ti la metralla como veneno para matar los pájaros, las personas y las plantas.

Uno de mis textos favoritos de todos los que escribió Albert Camus es uno que hay en El extranjero. Cuando se produce el disparo fatal, cuando el odio que no se sabe de donde viene, aprieta el gatillo sobre la arena y el hombre joven, Mersault, (como aquel que mató al hombre robusto de once disparos a su espalda), acaba con la vida del que tiene delante, ese joven cuenta lo que sintió: “Comprendí entonces que había roto la armonía del día, la belleza excepcional de una playa en la que había sido feliz”.

Pablo Neruda tiene otro verso que me gusta, y que me asusta, al respecto, en su Oda a las cosas rotas, “las cosas que nadie rompe, pero se rompieron”. Se ha roto ya la armonía. La droga, el odio, la venganza, el fanatismo, ya no son sólo palabras. Habitan en los dedos que aprietan los gatillos, están en los ojos de aquel muchacho turco que apunta, en las manos sucias de aquel tunecino que conduce el camión de la muerte en Berlín. Está en todas partes, está en las manos limpias de los que mandan matar. Está en los ojos del que vigila que los demás maten. Está, en fin, en el infierno del que nacen las ideas de odiar, en los nacionalismos, en los fanatismos, en todo aquello que hemos inventado como si fueran cuentos del alma. Cuentos de hadas malditas que han hecho que el mundo ande bastante equivocado.

Y da igual la nacionalidad, el origen, de quienes aprietan el gatillo, de quienes mandan matar, de quienes se reúnen, de corbata, para que todo siga igual. El gen del mal circula ya por las venas de la historia, como una costumbre. Y como una maldición que afecta a cada uno, como un disparo que no se sabe de dónde viene y que nadie ataja aunque parezca que crecen flores en las grietas. Las matarán también. No quieren que el paisaje crezca verde. Cuando es oscuro lo colorean.

Quizá mañana haya otras palabras. Pero lo que este mundo tiene ahora en la frente es esa palabra, oscuridad, como si aquella imagen de Aylan, como si aquella tragedia de las Torres Gemelas, como si los gritos de Aleppo o del frente del Ebro no hubieran servido para nada. Al mundo malo no lo detienen las imágenes sino el alma. Y las imágenes de ahora ya no desprenden alma sino indiferencia.

Kafka, un pesimista, decía: “Despertarse es el momento más arriesgado del día”. Por eso el mundo anda dormido, y equivocado. Para no arriesgarse mientras lo matan.

La Gomera, de donde salió Cristóbal Colón, 24 de diciembre de 2016

 

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