Alain Badiou, filósofo de lo esencial.

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Una verdad es eterna desde el momento que, creada en un mundo determinado puede resucitar tal cual en un mundo totalmente diferente y en particular, en un tiempo por completo diferente.

Las esculturas de las Cicladas olvidadas o desconocidas durante casi tres mil años; la obra de Arquímedes que, caída en un pozo de ignorancia durante siglos, resucitó en el Renacimiento para volverse un útil mayor de la ciencia contemporánea. Y esta eternidad supone una absolutidad o sea, supone que el efecto de una verdad no es relativo al contexto sociohistórico de su aparición.

Todo eso debe volver a afirmarse y a demostrarse en el contexto relativista, escéptico y gozador que se nos presenta como el ideal democrático de nuestro presente. Badiou propone pensar las verdades “como modo de acceso finito al infinito”. Plantea la necesidad de dar a la palabra “finito” su extensión máxima; es “finita” toda organización, proposición, ideología, propaganda que intente convencernos de que hay que arreglarse con lo que hay y no soñar con otro mundo posible.

Arreglarse con lo que hay es construir una vida ordenada según las cosas ya conocidas, nombradas y experimentadas, y no arriesgarse nunca a lo desconocido. Y sabemos qué es eso “ya conocido”: es el mundo de la mercancía, del dinero, del trabajo asalariado, del desempleo, de las desigualdades monstruosas, el poder de una oligarquía financiera muy restringida: hoy en día 264 personas poseen tanto como 3.000 millones de otras.

El infinito es lo que puede surgir de imprevisto.

Las verdades, ya provengan de la invención científica, del encuentro amoroso, de la acción política de la creación artística atestiguan en este mundo, mediante obras finitas, que podemos ubicarnos en una apertura infinita.

Se opone, por una parte, a la vida instalada del triunfo social y por otra, a la vida malograda, desvastada del nihilismo.

Digamos que no es la vida del pequeño burgués occidental satisfecho con sus menudos privilegios, ni la del terrorista asesino y suicida.

Y trasciende todas las identidades: la verdadera vida se despliega en lo universal. La insidiosa fascinación del mundo contemporáneo es el efecto de la mundialización capitalista, de la reducción de todo valor a un precio en el mercado: esas son obscenidades históricas.

No tenemos por qué bajar los brazos ante esta violencia monetaria que nos abruma.

Pensemos y levantémonos.

 

Entrevista a Alain Badiou
Revista Ñ – 14.01.2017

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