Perdonar es recordar sin rencor

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¿Por qué nos cuesta tanto perdonar?

Muchas personas tienen dificultades para conceder el perdón porque les han enseñado que se trata de un acto singular que hay que completar en una sola sesión. Pero no es así.

En nuestra cultura se tiene la idea de que el perdón ha de ser al ciento por ciento. O todo o nada. El perdón tiene muchas capas y muchas estaciones. No se produce de un solo golpe.

También se nos enseña que perdonar significa pasar por alto, comportarse como si algo no hubiera ocurrido. Tampoco es eso. Quien es capaz de otorgarle a alguien un porcentaje de perdón del 90% es casi digno de la beatificación. Un 75% de perdón y un 20% de “no sé si alguna vez podré perdonar del todo y ni siquiera sé si lo deseo” es más normal.

Pero un 60% de perdón acompañado de un 40% de “no sé no estoy seguro y todavía lo estoy pensando” está decididamente bien.

Un nivel del 50% o menos, permite alcanzar el grado de obras en curso.

¿Menos del 10%? Acabas de empezar o ni siquiera lo has intentado en serio todavía.

Lo más importante del perdón es empezar y continuar. El cumplimiento es una tarea de toda la vida. Tenemos todo el resto de la vida para seguir trabajando en el porcentaje menor.

Está claro que, si pudiéramos comprenderlo todo, todo se podría perdonar. Pero la mayoría de la gente necesita permanecer mucho tiempo en el baño alquímico para llegar a eso.

Algunas personas por temperamento innato, pueden perdonar con más facilidad que otras. En algunas se trata de un don, pero en la mayoría de los casos es un don que hay que aprender.

Parece ser, que la vitalidad y la sensibilidad esenciales, afectan la capacidad de pasar por alto las cosas. Una fuerte vitalidad y una alta sensibilidad no siempre permiten pasar fácilmente por alto las ofensas.

No se es mala persona si nos cuesta perdonar. Y no se es un santo, si lo hacemos.

Cada cual a su manera y todo a su debido tiempo.

Sin embargo, para poder sanar realmente tenemos que decir nuestra verdad, no sólo nuestro pesar y nuestro dolor sino también los daños, la cólera, la indignación que se provocaron y también que sentimiento de expiación y venganza experimentamos.

Insistir en hablar de un trauma y hacerlo con gran intensidad a lo largo de un determinado período de tiempo es muy importante para la curación. Pero, al final, todas las heridas se tienen que suturar y debe dejarse que se conviertan en tejido cicatricial.

 

Las cuatro fases del perdón

  • Apartarse – Dejar correr
  • Tolerar – Abstenerse de castigar
  • Olvidar – Arrancar del recuerdo, no pensar
  • Perdonar – Dar por pagada la deuda

 

APARTARSE

Para poder empezar a perdonar es bueno apartarse durante algún tiempo, es decir, dejar de pensar durante algún tiempo en la persona o el acontecimiento. Eso evita que nos agotemos y nos permite fortalecernos. Apartarse quiere decir aprender algo nuevo, ponerse a escribir, amar algo que nos fortalezca y distanciarnos del asunto durante algún tiempo.

 

TOLERAR

La segunda fase es la de la tolerancia, entendida en el sentido de abstenerse de castigar; de no pensar ni hacer, ni poco ni mucho. Tolerar quiere decir tener paciencia, soportar, canalizar la emoción. Abstenerse de hacer comentarios y murmullos de carácter punitivos, de comportarse con hostilidad y resentimiento.

 

OLVIDAR

Olvidar significa arrancar de la memoria, negarse a pensar; en otras palabras, soltar, aflojar la presa, sobre todo de la memoria. Olvidar no significa comportarse como si el cerebro hubiera muerto. El olvido consciente equivale a soltar el acontecimiento, no insistir en que éste se mantenga en primer plano, sino dejar más bien que abandone el escenario y se retire a un segundo plano. Practicamos el olvido consciente negándonos a evocar las cuestiones molestas, negándonos a recordar. El olvido es un esfuerzo activo, no pasivo. Significa no entretenerse con ciertas cuestiones y no darles vueltas, no irritarse con pensamientos, imágenes o emociones repetitivas. El olvido consciente significa abandonar deliberadamente las obsesiones, distanciarnos voluntariamente y perder de vista el objeto de nuestro enojo, no mirar hacia atrás y vivir en un nuevo paisaje, crear una nueva vida y nuevas experiencias en las que pensar, en lugar de seguir pensando en las antiguas. Esta clase de olvido no borra el recuerdo, pero entierra las emociones que lo rodeaban.

 

PERDONAR

Hay muchos medios y maneras de perdonar una ofensa a una persona, a una comunidad o a una nación. Conviene recordar que el perdón “definitivo” no es una rendición. Es una decisión consciente de dejar de guardar rencor, lo cual significa perdonar una deuda y abandonar la determinación de tomar represalias. Para algunas personas la conclusión del perdón significa mirar al otro con indulgencia, es fácil cuando se trata de ofensas relativamente leves.

 

El perdón es la culminación de todo lo precedente, toda la tolerancia y todo el olvido. No significa abandonar la propia protección sino la frialdad. Una forma muy profunda de perdón consiste en no excluir al otro, en dejar de mantener distancias, ignorar o comportarse con frialdad o mantener actitudes falsas o condescendientes.

El perdón es un acto de creación. Se puede otorgar de muy variadas maneras. Se puede perdonar de momento, perdonar hasta entonces, perdonar hasta la próxima vez, perdonar pero no dar más oportunidades. Se puede dar otra oportunidad, varias o muchas oportunidades o dar oportunidades con determinadas condiciones.

Se puede perdonar en parte, en su totalidad o la mitad de una ofensa. Se puede otorgar un perdón general.

¿Cómo saber si uno ha perdonado o no?

En caso afirmativo, tiende a compadecerse de la circunstancia en lugar de sentir cólera, tiende a compadecerse de la persona en lugar de estar enojado con ella. Tiende a olvidar lo que tenía que decir al respecto. Comprende el sufrimiento que dio lugar a la ofensa. Prefiere permanecer al margen. No espera nada. No quiere nada. Ningún estrecho lazo alrededor de los tobillos tira de ella desde lejos para arrastrarla hacia acá. Es libre de ir a donde quiera. Puede que la cosa no termine con un “vivieron felices y comieron perdices”, pero a partir de ahora estará esperando con toda certeza un nuevo “Había una vez…”

 

Fragmento del libro “Mujeres que corren con los lobos”. Su autora, la Doctora Clarissa Pinkola Estés, psicoanalista junguiana, internacionalmente reconocida como especialista, poeta y cantadora, guardiana de antiguos cuentos de tradición latinoamericana; recupera de ellos la sabiduría ancestral.

 

 

 

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