Emanuel Levinás: un compromiso con la otredad.

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La guerra que marca a Lévinas de un modo decisivo, es la experiencia extrema de la alteridad y del deseo desenfrenado de destruir a otro precisamente por ser otro; no porque ese otro constituya una amenaza a causa de su alteridad, o porque rechace o porque se rechace en él tal o cual característica sino porque el otro es pura y simplemente otro, porque es distinto a mí e irreductible a mí. Este es para Lévinas el sentido último del antisemitismo y del holocausto.

En buena medida, la reflexión de Lévinas está condicionada por esta experiencia extrema y de ahí su aspiración de sustraer lo humano de esta gesta ontológica egoísta y violenta.

En el libro “De otro modo que ser o más allá de la esencia”  Emanuel Lévinas habla de la responsabilidad como la estructura esencial, primera, fundamental de la subjetividad, puesto que es en términos éticos, como él describe la subjetividad.

La ética, aquí, no viene a modo de suplemento de una base existencial previa; es en la ética, entendida como responsabilidad, donde se anuda el nudo mismo de lo subjetivo.

Nuestro filósofo entiende la responsabilidad como responsabilidad para con el otro, así, pues, como responsabilidad para con lo que no es asunto mío, o que incluso no me concierne, es abordado por mí como rostro. El acceso al rostro es de entrada ético.

Dice Lévinas, cuando veo una nariz, unos ojos, una frente, un mentón y puedo describirlos, me vuelvo hacia el otro como hacia un objeto.

La mejor manera de encontrar al otro es la de ni siquiera darse cuenta del color de sus ojos.

Cuando observamos el color de los ojos, no estamos en relación social con el otro. Ante todo – dice Lévinas – hay la derechura misma del rostro, su exposición derecha, sin defensa.

La piel del rostro es la que se mantiene más desnuda, más desprotegida: hay en el rostro una pobreza esencial. El rostro está expuesto, amenazado, como invitándonos a un acto de violencia. Al mismo tiempo, el rostro es lo que nos prohíbe matar.

El rostro es significación sin contexto. El otro, en la rectitud de su rostro, no es un personaje en un contexto: profesor de… hijo de…, Vicepresidente de… Por lo general somos un personaje y toda significación en el sentido habitual del término, es relativa a un contexto.

Aquí, por el contrario, el rostro es, en él solo, sentido. La relación con el rostro es desde un principio ética. El rostro es lo que no se puede matar, o, al menos, eso cuyo sentido consiste en decir “no matarás”

El asesinato es un hecho banal: se puede matar al otro; la exigencia ética no es una necesidad ontológica. La prohibición de matar no convierte al asesinato en algo imposible.

El rostro me habla. Ante el rostro yo no me quedo ahí, a contemplarlo sin más, le respondo.

El decir es una manera de saludar al otro, pero saludar al otro es ya responderle a él y responder de él.

El “no matarás” es la primera palabra del rostro. Es una orden. En la aparición del rostro – dice Lévinas – hay un mandamiento, como si un amo me hablara. Sin embargo, al mismo tiempo, el rostro del otro, está desprotegido; es el pobre por el que yo puedo todo y a quien todo debo. Y yo, quienquiera que  yo sea, pero en tanto que “primera persona”, soy aquél que se las apaña para hallar los recursos que respondan a la llamada.

Por Lic. Susana Stacco
Leer también: El yo y el otro || Emmanuel Lévinas: Un compromiso ético de la intersubjetividad.

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